Ingrid Laubrock's Anti-House
Artículo de • Publicado el 14/11/2016

Concierto: Ingrid Laubrock’s Anti-House en Madrid

Esta es la crónica de Ricardo Arribas a la salida del concierto ofrecido por el cuarteto Anti-House 4 de la saxofonista Ingrid Laubrock con Mary Halvorson, Kris Davis y Tom Rainey, celebrado en el Bogui Jazz de Madrid, el 10 de Noviembre.

Ingrid Laubrock Anti-House - Ingrid Laubrock y Mary Halvorson.

Ingrid Laubrock y Mary Halvorson.

Puede que resulte difícil adivinar qué vas a escuchar cuando asistes a una actuación de los músicos que encabezan esta reseña… en cambio no cuesta nada suponer que la música que interpreten bailoteará burlona sobre cualquier frontera que traigas instalada en la oreja, y que no entra dentro de lo imposible que en ocasiones el cuarteto haya llegado tan allá de esa hipotética frontera que te cueste entender a dónde pretenden llegar.

Refresca, ya de entrada, esa actitud: hay ambición, hay búsqueda en esta música… y, en el rato que comentamos, sobre el escenario (cómo no) del Bogui, hubo hallazgo. Para entrar en calor, o quizá para romper el ritmo (tan diferente) de la “vida real” y centrarnos en lo que se nos venía encima, los Anti-House 4 de Ingrid Laubrock empezaron jugueteando uno a uno durante unos minutos, en solitario: la guitarrista Mary Halvorson primero, la pianista Kris Davis después, luego el baterista Tom Rainey y por último una sonriente Laubrock. Qué bien, por cierto, que hubiese alguien sonriendo, porque por lo demás aquellos semblantes asustaban un poco: serio, estirado Rainey; severamente concentrada Davis, que parecía incluso insegura por la manera casi ansiosa como miraba la partitura; más relajada aunque, la verdad, nada tranquilizadora la mirada de Halvorson, fija siempre en un punto al parecer mucho más allá de la pared del fondo del Bogui.

Y es comprensible que sobre el escenario hubiese aquel catálogo de actitudes entre las que el relax quedaba esencialmente arrinconado: la que interpreta este cuarteto es música tan exigente para el intérprete como lo es para el aficionado (no es habitual sorprender a los músicos tan esforzadamente absortos en sus partituras), música formalmente dispersa que, no obstante, casi siempre transmite una considerable sensación de foco, de dardo certeramente disparado hacia un objetivo muy concreto. Si bien algunos pasajes nos dejaban huérfanos por momentos, navegando un océano revuelto y sin asideros a la vista, en general resultaba gozoso dejarse llevar por las aparentemente caprichosas construcciones sonoras de Laubrock, que poco a poco iban mostrando su magnífico armazón compositivo, y a las que sus compañeros vestían con severa y a ratos incandescente energía.

Ingrid Laubrock's Anti-House en Madrid

Ingrid Laubrock, Mary Halvorson y Tom Rainey, en el escenario del Bogui.

Alternó la saxofonista un tenor a menudo furioso con pasajes más reposados al soprano (del que también extrajo, no obstante, alguna que otra llamarada). Davis estuvo sobria, muy centrada en un papel algo desplazado del centro de los focos pero por momentos brillante (personalmente lamenté no haber podido disfrutar de su piano con mayor detenimiento). Halvorson dejó buena muestra de su sorprendente y al parecer imparable evolución, que se plasmó en forma de descoyuntadas líneas y armonías, y de un asombroso catálogo de gamberradas electrónicas que ella utilizó siempre con pasmosas brillantez y sentido; Rainey también dejó buena muestra de la rotunda variedad de recursos percusivos con que cuenta para tratar de anclar mínimamente, mientras la propulsa, la música del grupo.

Música poderosa, tremendamente tensa la de este cuarteto; música cuyo enorme potencial expresivo se plasma con opaca reciedumbre y severo gesto. Intensa, inquietante, agotadora.

La animada charla, después de la actuación, generó preguntas tan pertinentes como incómodas, a las que servidor no sabría responder: “¿es jazz esto?”, “¿qué es el jazz?”. Uno, que cuanta más música escucha menos valiente se siente para definirla, debió parecer desvalido mientras farfullaba inconsistencias tratando de justificar cuán imposible le parece acotar la creatividad humana. Quizá mientras sigan existiendo músicos como los cuatro que habitaron durante un par de horas el escenario del Bogui, músicos con ganas de, y talento para, pulsar, empujar y poner en jaque nuestra capacidad de gozar del vértigo, de la intensidad sensorial que provoca esta música al desestabilizar y liberar nuestras emociones… quizá mientras tanto seguirá siendo tan gloriosamente indefinible lo que es el jazz, y seguiremos tratando de explicar (y explicarnos) que en realidad lo único que en verdad lo define es ese empuje, esa búsqueda, ese brinco con volteretas sobre un vacío amenazador pero irresistible.

El espectador 57

Ingrid Laubrock's Anti-House - Kris Davis al piano

Kris Davis al piano y el espectador 57.

No llegábamos a 57, seguramente, los privilegiados que asistimos al concierto, aunque sí fuimos suficientes para devolver a los músicos parte del calor que ellos ofrecieron. Pero hubo uno muy especial: un hermoso pastor alemán que, sentado al pie del escenario, supo apreciar y criticar como nadie, allí mismo, sus sensaciones acerca de lo que Anti-House 4 ofrecían, y dándonos al resto golosas pistas en torno a lo que allí sonaba. A menudo se incorporaba y, muy derecho, atendía serio, absorto, la mirada perdida (aunque no tanto como la de Halvorson, espero disculpéis la broma), el gesto complacido; luego algún bocinazo del soprano o furioso redoble de la batería le sacaban de su engañoso ensimismamiento y enarcaba una ceja, se giraba un momento hacia los músicos quizá reprochando un patinazo, se volvía de nuevo hacia nosotros y ya su ceja cobraba vida propia, arriba y abajo, arriba y abajo; por fin, el espectador 57 decidía que se les había ido de las manos y se refugiaba del estrépito buscando cobijo bajo el banco del fondo, entre las piernas de sus colegas humanos que, menos sensibles al perfil francamente cacofónico de aquellas desbocadas catarsis sonoras, seguían disfrutando del espectáculo. No obstante, al cabo se reencontraba nuestro compañero con la parte disfrutona del asunto y se incorporaba de nuevo para mejor atender los esforzados arpegios de Kris Davis, sentada a escasamente un metro de él.

No es frecuente tener ocasión de asistir a un concierto de músicos (y de este nivel además) que se mueven entre márgenes comerciales tan estrechos… y tan anchos márgenes creativos. Lo considero un privilegio ya de entrada; el resultado artístico, además, estuvo más que de sobra a la altura de lo que cabía desear. Una gran actuación.

© Ricardo Arribas, 2016
Foto de cabecera © Borja T. Suárez. Resto de fotos © Ricardo Arribas

 
El grupo Anti-House de Ingrid Laubrock en un concierto en Francia en 2013, aquí con la presencia de Sean Conly sustituyendo al habitual contrabajista John Hébert, ambos ausentes en Madrid.

Autor: Ricardo Arribas

Nacido en 1972, 44 añazos ya, ha pasado la mayor parte de ellos disfrutando y aprendiendo con la música, si le preguntas te dirá que incluso entendiendo, a través de ella, un poquito mejor cómo funciona el mundo. El hecho de gozar con músicas no siempre mayoritarias le llevó con el tiempo a descubrir otro placer muy especial: escribir acerca de la música, tratar de transmitir y compartir con otros aficionados las sensaciones que le provoca, escuchar con oídos distintos tras haber escuchado/leído las que provoca en ellos... Y en esas anda.

2 Comentarios
  • luisosby@gmail.com'
    Luis Osby 17:11h, 14 noviembre Responder

    Buena crónica, Ricardo.
    Lejos de cualquier tentación animalista, pero también de la otra antropocéntrica, y gustándome mucho los perros, celebro tu sentido del humor con el comentario al “espectador 57”, pero me desazona bastante, no te lo oculto, la mera hipótesis de que un can pueda haber comprendido mejor que un humano las complejas evoluciones y desarrollos de la música de un combo con este de Laubrock & Co., voto a bríos, jeje… Con todo, sospecho que estos animales tienen mucha más percepción de lo que imaginamos, y para algunas cosas, más allá de lo evidente del olfato, incluso más que nosotros. Siempre he dicho que algún perro que he tenido yo era bastante más “humano” que algunas personas que conozco.
    Un abrazo.

  • Ricardo Arribas 17:28h, 14 noviembre Responder

    ¡Gracias Luis!

    Bueno yo creo que el espectador 57 disfrutó de la actuación más que algunos y menos que otros. Lo indudable es que era de los que sabía perfectamente qué pasajes le gustaban y cuales no; exigente aficionado, no aplaudió los que le gustaron, pero bien clarito dejó cuales no gozaban de su beneplácito.

    Vine con una amiga al concierto, no muy aficionada al jazz de vanguardia, y si me permites la licencia te diré que el espectador 57 me dió la sensación de ser también novato en estas músicas. Pues bien, los dos coincidieron milimétricamente en sus juicios (aunque ella no se escondió bajo los asientos en ningún momento): disfrutaron bastante, a veces mucho, y en algunas ocasiones poco o nada. No se si hay que extraer conclusiones de todo ello, más allá del hecho de que la música genera diferentes respuestas en cada escuchante.

    ¡Gracias de nuevo, perdón por el rollete!

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