Marc Copland & John Abercrombie Dúo en Madrid
Artículo de • Publicado el 12/12/2016

Concierto: Marc Copland & John Abercrombie Dúo en Madrid

Crónica de Ricardo Arribas del concierto del 24 de Noviembre en el Cuartel Conde Duque, a cargo del dúo formado por el pianista Marc Copland y el veterano guitarrista John Abercrombie en el marco del Festival de Jazz de Madrid 2016.

Marc Copland & John Abercrombie Dúo

Marc Copland & John Abercrombie Dúo en el escenario del Cuartel Conde Duque de Madrid. © Ricardo Arribas

Extraña sensación la que sentía un servidor, ignoro si compartida con otros espectadores asistentes al concierto que nos ocupa, ofrecido por el pianista Marc Copland y el guitarrista John Abercrombie: al terminar la actuación los dos músicos se dispusieron a marchar, el descanso más que sobradamente merecido; y, si bien Copland disfruta de una espléndida madurez, Abercrombie debe tener sus achaques, se levantó con dificultad (el hombre gasta 71 primaveras) y, tras despedirse sobriamente de nosotros, se encaminaron ambos escaleras arriba en busca del reposo del guerrero, con gallarda elegancia uno, pelín renqueante el otro… pues bien, queríamos más, y más pedíamos a base de aplaudir y vocear nuestros “bravo”, pero yo al menos sentía cierto complejo de culpabilidad al aplaudir, no me hacía gracia la idea de que finalmente les convenciésemos para regresar y el pobre Abercrombie se viese forzado a descender de nuevo la escalinata, y sentarse en su silla para tocar y, eventualmente, levantarse de ella y padecer de nuevo tan excesiva escalada.

En fin, lo cierto es que se detuvieron un momento allá en lo alto y no hizo falta insistir mucho, en seguida nos agenciamos un insospechado aliado en el propio Copland, que tenía ganas de más (ya antes de marcharse, tras terminar la que se suponía iba a ser la última interpretación, había pedido a su compañero una última, y así nos habían regalado un magnífico Nardis, espectacularmente alejado del de Evans) y animó ostensiblemente a un por otro lado fácil de convencer Abercrombie… y así iniciaron su descenso para engastar la última perla de la joya musical que habían ido forjado durante toda la noche. Fue un precioso Embraceable You el que interpretaron entonces, tan libre y rico en diálogo como el resto del concierto. Estos viejos colegas tienen sus pequeñas cuentas pendientes, sus bromas privadas, sus pullas cariñosas (mas no por ello inofensivas)… esta vez le tocó a Copland encajar el golpe, en forma del giro que dio Abercrombie en mitad de la interpretación, y que en sus manos derivó hacia uno de mis temas favoritos, el Witchcraft de Cole Porter, que el pianista enganchó al vuelo según venía sin arquear siquiera una ceja, provocando una sonrisilla elegante y algo tristona de su colega (algo así como “mierda, esta vez no te he pillado, ya te pillaré a la siguiente”… es que Copland venía intratable aquel día). Un colofón sensacional para una noche sensacional.

John Abercrombie

John Abercrombie. © Ricardo Arribas

Esa actitud fresca, relajada, que les llevaba a cambiar de tema en mitad de la interpretación, a traición y por la espalda, les acompañó durante toda la actuación. Y se tradujo en forma de música de maneras reposadas pero turbulenta pulsión interna, música propulsada por un corazón afilado, sereno el gesto, firme en su determinación de crear un diálogo musical fresco, efímero y a la vez eterno… Curioso, por cierto, cómo Copland buscaba en ocasiones, sin encontrar jamás, la mirada cómplice de Abercrombie; pero su colega tocaba todo el tiempo férreamente abstraído del exterior, con los ojos cerrados incluso, sin duda convencido, con motivo, de que a través de la música combinada de ambos y de la espectacular compenetración que comparten bastaba para encontrar el instante preciso en que cada nota y acorde debían ser pulsados. En alguna ocasión esa actitud les llevó más allá de todo comportamiento razonable: Abercrombie introdujo Better By Far, nueva composición de Copland, comentando que era complicada y que el pianista la había traído el día anterior, así que solo la habían ensayado un rato; remataba luego su presentación advirtiéndonos con considerable retranca que no debíamos ser demasiado severos con él, que la próxima vez se la sabría mejor. Y, en efecto, se notó con dolorosa claridad cómo el guitarrista se perdía por entre los vericuetos del tema, y debía a veces detenerse y reengancharse costosamente unos segundos más tarde, mientras su socio continuaba momentáneamente solo (por cierto que resultaba tan soberbio lo que Copland hacía que uno no podía evitar alegrarse maliciosamente ante esos momentáneos silencios del guitarrista). Pero en eso consiste el riesgo ¿no? en pisar esa tabla algo dudosa del puente, con el alma encogida ante la posibilidad de que ceda y te veas medio colgando sobre un abismo en el que no te conviene precipitarte.

Marc Copland

Marc Copland. © Alvaro López del Cerro / Madrid Destino

El temario de la noche lo conformaron fundamentalmente composiciones de Abercrombie, se podría decir que es el compositor oficial del dúo… únicamente hubo un original de Copland, precisamente el que acabo de comentar. También hubo tiempo para algún standard (los mencionados Nardis y Embraceable You/Witchcraft, y el Yesterdays). Pero las maneras y pretensiones de toda la actuación fueron las mismas, con independencia del origen y autoría, y de la composición de que se tratase: rigor, búsqueda, genio, hallazgo. Copland, como siempre, creó una y otra vez insólitos portales para llevarnos a su absolutamente intransferible universo sonoro, un universo poblado de densa, blanca niebla mecida por un ritmo interno tenue pero decididamente oscuro, una niebla que puebla de pálidas sombras un espacio de sabor húmedo, tacto etéreo y fresca brisa en el rostro. Abercrombie opuso en todo momento la determinación férrea de poblar este espacio con líneas audaces, milimétricas, que contra todo pronóstico encajaban perfectamente, con su emocionante geometría y su matemática resolución formal, en aquella fina, lánguida, pantanosa atmósfera. He de reconocer que, por mucho que admire y aprecie el coraje, la finura y la profundidad del trabajo de Abercrombie, mi rendición al pianismo de Copland es tan plena y rotunda que devoré con fervor cada uno de los minutos en que quedó solo con nosotros, dueño y señor absoluto, entonces, tanto de sus portales como de su brumoso universo y de un tempo emocional que él pulsó con una calma, penetración y alcance que a este corazón y entrañas que van conmigo producían irresistibles temblores de placer. Ya se que conviene mantener cierta distancia al escribir acerca de una actuación, pero cuando no es posible no es posible, y al menos quiero que así conste para que cada cual pueda relativizar los quizá excesivamente arrebatados juicios de este cronista según los suyos propios… dicho lo cuál, que quede claro que a pesar de todo Marc Copland estuvo inmenso.

John Abercrombie en Madird

Abercrombie haciendo el gesto de afinar su guitarra con un clavijero inexistente.
© Alvaro López del Cerro / Madrid Destino

En general fue el guitarrista quien sostuvo el peso del diálogo con nosotros. Con su aspecto de abuelete que ha pasado ya por todo en la vida, y el rostro de quien aprendió hace tiempo que conviene tomarse las cosas un poco a pitorreo (lo que le confiere considerable gracia a sus maneras), aventada, como resultado de todo ello, la posibilidad de convertirse en un ser cínico, Abercrombie procuró hacernos reír sin estridencias, sin ansia excesiva, representando el papel del chisposo borrachín que jamás pierde una acerada capacidad de penetración, y que no solo ha aprendido a no tomarse demasiado en serio la vida, sino tampoco a sí mismo. Quizá por ello hacía a veces el gesto de afinar su guitarra, cosa imposible puesto que era de esas que no traen clavijero al final del mástil, con lo que él giraba unas clavijas que existían solo en su imaginación y la nuestra… al cabo terminó comentando que había comprado su guitarra por entregas, y que creía que a la siguiente entrega vendrían las clavijas y le saldrían mejor los conciertos.

John Abercrombie y su guitarra.

John Abercrombie, picarón, mostrando su nueva guitarra sin el acostumbrado clavijero superior. © Alvaro López del Cerro / Madrid Destino

Copland, en cambio, es un señor alto, serio, elegante, una especie de dandy pero sin asomo de gilipollez, uno de esos tipos que se nota que se encuentran cómodos en toda situación, seguros de sí, uno de esos a los que uno mataría por parecerse (y eso sin tener en cuenta cómo toca el piano)… Tiene aspecto de ser, llegado el caso, bastante divertido, y a este bobo prendado de su piano le queda la sensación de que cuando sonría ha de abrirse un boquete azulado en el cielo que dará paso a un fulgurante rayo de sol, cálido y brillante, que esos ambientes pantanosos que dibujan sus dedos en el teclado quedarán de repente desbaratados por la luz, hasta que los convoque él de nuevo ante nosotros con un par de acordes o tres. Comentó Copland, en uno de esos discursos que a los aficionados nos permiten asomarnos un poquito más de cerca a las maneras y circunstancias en que se crea la música que amamos, que a él le cuesta una barbaridad poner título a las composiciones, que se tira meses dándoles vueltas y nunca sabe cómo nombrarlas; y que en cambio John (Abercrombie) las titula en el momento, sin dudar, las trae y, si no tenían nombre todavía, al preguntarle el productor ¡zas! le viene uno a la cabeza y lo suelta allí mismo, y con él se queda.

La de Copland y Abercrombie fue una de esas actuaciones que quedan clavadas en tu recuerdo para siempre, una de esas que te llevan a arrojarte sobre tu colección de cds en busca de algo de la magia vivida en directo… en vano, claro, aunque menudas grabaciones tienen estos dos músicos. Pero no, ahora hay que procurar mimar el recuerdo; no por imborrable merece ser desatendido.
 
© Ricardo Arribas, 2016
foto de cabecera © Alvaro López del Cerro / Madrid Destino

 
Marc Copland y John Abercrombie, hace unos años en el Jazzfest de Bonn (Alemania):

Autor: Ricardo Arribas

Nacido en 1972, 44 añazos ya, ha pasado la mayor parte de ellos disfrutando y aprendiendo con la música, si le preguntas te dirá que incluso entendiendo, a través de ella, un poquito mejor cómo funciona el mundo. El hecho de gozar con músicas no siempre mayoritarias le llevó con el tiempo a descubrir otro placer muy especial: escribir acerca de la música, tratar de transmitir y compartir con otros aficionados las sensaciones que le provoca, escuchar con oídos distintos tras haber escuchado/leído las que provoca en ellos... Y en esas anda.

No hay comentarios

Publica tu comentario