Artículo de • Publicado el 07/01/2010

David Murray: una dinamo insaciable.

Hablamos de un saxofonista que en el discurrir de su carrera ha evidenciado con creces el sinsentido que supone contemplar la historia del jazz como un recorrido lineal. Su potente capacidad expresiva recurre a diversidad de fórmulas que desbordan la simple etiqueta de músico free.

DMurrayFotoLa concepción de la historia del jazz como un recorrido lineal es un lugar común generalizado que hace mucho más fácil la labor del historiador y más sencilla la interiorización del proceso para el aficionado… lástima que los músicos se hayan encargado de poner una zancadilla tras otra a tan idílica simplificación.

Es cierto que, en líneas generales, el jazz ha evolucionado a base de eliminar reglas y limitaciones: de las orquestas fuertemente organizadas de la era del swing a la liberación armónica del bebop, para terminar con la inasible pulsión rítmica del free. Pero ni es aplicable esa teoría al jazz primitivo de New Orleans, con sus abigarradas improvisaciones de conjunto, ni a la propia evolución del jazz entre los treinta y sesenta, con el hardbop sacrificando parte de la libérrima locura del bebop a cambio de una mayor implicación bluesy y precisión sonora, ni desde luego a la evolución posterior desde los años sesenta, en que una vez conquistada la descomposición total de los elementos musicales el jazz ha rebotado hasta atomizarse en una sorprendente e inabarcable diversidad formal.

Pues bien, David Murray (nacido en Berkeley en 1955) creció musicalmente con las locuras de Archie Shepp y Albert Ayler y, cuando marchó a New York para dedicarse profesionalmente a la música, era un saxofonista tenor claramente influido por los maestros del free. Había crecido en el seno de una familia donde la música era esencial (incluso llegó a tocar en iglesias junto con sus padres y hermanos) y en sus años mozos estudió con el trompetista Bobby Bradford, época durante la cuál conoció al escritor Stanley Crouch. Junto a Crouch, ya en New York, fundó un loft (Studio Infinity) siguiendo la estela de otros músicos inquietos de la City; participó, por ejemplo, en el concierto inaugural del RiVbea de Sam Rivers.

Su colega Crouch le ayudó en sus inicios en labores de promoción, y fueron llegando las primeras grabaciones: «Flowers For Albert» (1976) o la notable «Family» (1978) entre otras. En ellas descubrimos a un tenor sólido, de intensa capacidad expresiva, si bien demasiado apegado a sus fuentes como para brillar con luz propia. Sin embargo, en seguida fundó el World Saxophone Quartet junto con Julius Hemphill, Oliver Lake y Hamiet Bluiett: esta agrupación, que continúa operativa hoy en día, era tremendamente original (cuatro saxofones, que solo desde 1990 se han visto suplementados con otros instrumentos). En ella, tras las desbocadas diabluras free palpitaba una investigación del timbre sonoro que ya entonces evidenciaba en sus artífices inquietudes tímbricas y compositivas que pronto les alejarían de sus modelos. Fue por entonces que el empresario teatral Joseph Papp encargó a Murray la formación de una big band; de ella terminaría surgiendo el octeto, uno de los grupos esenciales en su carrera.

David Murray en directo en el Village Vanguard de New York en 1986 con Ed Blackwell (batería), John Hicks (piano), Fred Hopkins (contrabajo).

Desde que arrancó la década de los ochenta el saxofonista se entregó a la tarea insensata de grabar cuantos proyectos y reuniones musicales pudo, resultando de ello una ingente cantidad de grabaciones editadas en una miríada de sellos y formaciones: el octeto, el cuarteto, la big band, todo tipo de dúos… pero más que la cantidad sorprende la solidez conjunta del lote, que se adorna además con un buen puñado de discos esenciales de nuestro tiempo. Con el octeto cabe reseñar el inaugural «Ming» (1980) o «Octet Plays Trane» (2000); en cuarteto son especialmente hermosas las grabaciones de enero de 1988 junto a Dave Burell, Fred Hopkins y Ralph Peterson («Lovers», «Ballads», «Spirituals» y «Deep River»), pero también la presencia de John Hicks en el cuarteto dio lugar a excelentes grabaciones («Ming’s Samba», 1989), y su encarnación actual con Lafayette Gilchrist, Ray Drummond y Andrew Cyrille es sencillamente monumental («Sacred Ground», 2007); los dúos oscilan entre lo mágico («Brother To Brother», 1993, junto a Dave Burrell) y lo ligeramente decepcionante («The Healers», 1987, junto a Randy Weston), pasando a menudo por lo excelente («Golden Sea», 1990, junto a Kahil El’Kazar, «Blue Monk», 1995, con Aki Takase). La big band, con ese sonido rudo y directo, resulta especialmente brillante en «The David Murray Big Band Conducted By Lawrence Butch Morris» (1992), donde este peculiar arreglista y trompetista deja buena muestra de su original estilo. Del World Saxophone Quartet es preciso destacar creaciones tan depuradas como «Plays Duke Ellington» (1986) o «Selim Sevad» (1998).

El desenfreno formal de los setenta dio paso, de la mano del octeto y de la big band, sí, pero también en formaciones de menor tamaño, a un interés nuevo por la composición que le llevó a moverse, como a otros músicos de su generación, hacia formas más estructuradas. Ello le permitió dar un renovado sentido a sus aún así muy libres improvisaciones, que continuaron desarrollándose plenas de interés y fuerza expresiva (especialmente en grabaciones como «Waltz Again» -2005- o la ya mencionada «Sacred Ground»).

Durante los últimos quince años Murray no solo ha jugado con multitud de formaciones; también ha facturado proyectos de angustiosa variedad: de la música cubana en «Now Is Another Time» (2003) al acompañamiento de un grupo de cuerdas en «Waltz Again» (2005); del homenaje a Grateful Dead con el octeto («Dark Star», 1996) a la inmersión en la música de Guadalupe («Gwotet», 2004, y de nuevo este mismo año con «The Devil Tried To Kill Me» con el proyecto David Murray and The Gwo Ka Masters).

Documental del concierto en 2007 en Sante Lucie (Martinica) de David Murray and The Gwo Ka Masters haciendo esa excitante música fusión del jazz con el gwo ka tradicional de las antillanas islas de Guadalupe. Se intercalan reflexiones de David Murray sobre lo que es esta música para él, al final David Murray hace suyo lo que decían James Blood Ulmer y Ornette Coleman: «Si el jazz es un profesor, el funk es un predicador». Ese principio resume su concepto musical.

Su peculiar y personalísimo estilo instrumental ha variado poco en la forma con los años: graves muy graves; agudos muy agudos; recorridos melódicos caprichosos; sonido muy bonito y bien modulado, que suele pervertir a base de forzarlo sin piedad; ideas apasionadas y llenas de exacerbada emoción que él en seguida arrasa atravesándolas con mil espadas descontroladas; ejecuciones imprevisibles llenas de giros insólitos; poco respeto por la armonía (suele “desafinar” a mansalva durante sus improvisaciones, se desboca por completo y termina explorando cualquier rincón de su amplio registro, aunque de pronto descubres que ha vuelto a la armonía convencional sin que te des cuenta). No obstante, con el tiempo los elementos más salvajes de su estilo se han ido refinando, y si bien Albert Ayler y Ben Webster convivieron siempre en él, su fusión resulta cada vez más grácil y honda, a través de su romanticismo desatado y ruda expresividad; además, sus intervenciones se han ido haciendo menos derivativas, más lógicas. Murray continúa desarrollándose a todos los niveles, y reclamando por ello, de manera muda pero certera, nuestra atención.

David Murray podría descansar satisfecho contemplando su ingente catálogo grabado, su indudable relevancia en la escena del jazz de los últimos treinta años y la asombrosa calidad media de su legado. Pero no es probable que lo haga: aunque parece haber levantado un tanto el pie del acelerador en cuanto a cantidad de grabaciones, continúa siendo un talento musical plenamente operativo, y cabe esperar de él muchas horas de música apasionada y apasionante. Aquí nos tiene, dispuestos a disfrutarlas.

© Ricardo Arribas, 2010

Artistas:

Autor: Ricardo Arribas

Nacido en 1972, 44 añazos ya, ha pasado la mayor parte de ellos disfrutando y aprendiendo con la música, si le preguntas te dirá que incluso entendiendo, a través de ella, un poquito mejor cómo funciona el mundo. El hecho de gozar con músicas no siempre mayoritarias le llevó con el tiempo a descubrir otro placer muy especial: escribir acerca de la música, tratar de transmitir y compartir con otros aficionados las sensaciones que le provoca, escuchar con oídos distintos tras haber escuchado/leído las que provoca en ellos... Y en esas anda.

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