Artículo de • Publicado el 17/10/2012

El jazz ha muerto: viva la BAM (Black American Music)

Nicholas Payton publicó a finales del año pasado (2011) un manifiesto que tuvo una notable repercusión y provocó diferentes reacciones, la mayoría de rechazo. Aquí el autor del artículo se aventura a exponer un par de reflexiones.

El manifiesto de Nicholas Payton puede leerse en su blog (traducción de Carlos Pérez Crúz aquí). Más tarde en el mismo blog se extendía sobre su significado. De las muchas frases que expresa con vehemencia Nicholas Payton hay alguna que me inspira franca simpatía, por ejemplo la de “El jazz es una treta del marketing que sirve a una pequeña élite”, o “Cuando estás creando de verdad no tienes tiempo de pensar en cómo llamarlo”, o “Jazz no es música, es marketing, mal marketing”, o “La gente sigue tendencias y marcas. Tristemente, también los músicos”, o “Jazz es una marca”, y sobre todo “El jazz, para comenzar, es una idea limitada.”

Lo que defiende Payton es que el jazz tal como había sido concebido desde sus inicios, murió en 1959. Payton renuncia al término “jazz” y no le importa que se lo queden otros, él se reivindica como músico post-moderno de Nueva Orleans que hace BAM (Black American Music) y evita llamarse músico de jazz.

Nos anima implícitamente a que incorporemos en nuestro mapa mental referido a la música afroamericana el concepto “BAM” a la vez que corregimos convenientemente el concepto “jazz”. Propone el término BAM para nombrar a la música que se sigue creando fiel a los principios que motivaron su origen, y aquí empiezan los problemas. Fundamentalmente Payton defiende que el jazz lo crearon negros (a los criollos los debe considerar negros) en respuesta a una necesidad reivindicativa con el objetivo de reforzar su identidad en un contexto segregacionista de dominio blanco, aunque se enriqueciera con la aportación de latinos, blancos, judíos y cualquier otra de las culturas que convivían, y conviven, en EEUU.

A él no le satisface eso de que el jazz es fundamentalmente el producto del encuentro de dos tradiciones musicales, la europea y la africana (yo añadiría como mínimo una tercera, la afrocaribeña), que se materializó precisamente en Nueva Orleans, su querida ciudad de nacimiento.

Hay antecedentes que coinciden con esa idea, es conocido que Duke Ellington decía que su música no era jazz, y también Miles Davis, entre otros. Es altamente probable que a ambos les hubiera resultado más simpático el nombre de “Black American Music” que el de “jazz”, y estoy seguro que ni Duke ni Miles se hubieran sentido tentados a subirse al carro de los neo-tradicionalistas actuales aceptando su definición del término “jazz” que excluye a muchas de las cosas que hoy se etiquetan como jazz.

Para eso sería conveniente volver escribir la historia corrigiendo el error de confundir BAM con jazz. Poniéndome en la piel de Payton intento esbozar una síntesis de la nueva historia de la música afronorteamericana: “en sus orígenes existía la BAM (Black American Music) practicada por los primeros africanos en EEUU y sus descendientes, pero todavía no tenía nombre, y a principios del S.XX alguien tuvo la mala idea de llamarle jazz a una de sus nuevas variantes. Al ponerle nombre el gran público tuvo conocimiento de una música divertida, sofisticada, original y moderna que podían comprar en discos para ser consumida por toda la familia. Era música popular de origen negro que los blancos imitaron todo lo que pudieron, naturalmente con fines comerciales. Todo fue más o menos bien hasta 1959, a partir de ahí la industria empezó a ponerle a cualquier cosa el nombre de jazz, con demasiada generosidad, desvirtuando definitivamente el sentido original, hasta llegar al S.XXI en el que incluso a lo de los europeos le llaman jazz. El jazz murió, ¡viva la BAM!”. Todo esto tiene algún sentido, no creas, básicamente si lo que se pretende es darle soporte al manifiesto de Nicholas Payton.

Para defender la idea de Payton hay que negar el fantástico origen mestizo del jazz, de hecho el término jazz no se acuñó para referirse a la música negra exclusivamente, sino a un tipo de música en la que se fundía lo negro con lo blanco, y de la misma manera que la música con ese nombre fue una forma de expresión negra, también lo fue blanca. Esta interpretación es la que saca a Nicholas Payton de sus casillas. De todas formas creo que hay que reconocer que los negros la crearon y los blancos la aprendieron. En fin, sutilezas que no lo son tanto, porque Payton se apoya en ellas para sostener su discurso.

Pensar en el éxito del concepto que propone Nicholas Payton y que el término BAM sea adoptado universalmente y de manera inmediata por aficionados, profesionales, e industria, es poco realista, pero tiene fundamento, no es una tontería, por eso genera opiniones encendidas en contra, si no nadie haría caso. No sólo expresa la opinión de un profesional del jazz que percibe que el concepto original de la música que ama está absolutamente pervertido, precisamente porque el término ya no se refiere a música que exprese un sentimiento identitario negro. Es un punto de vista que no es absurdo, a pesar de que tenga pocos apoyos fuera del propio Payton. En estos últimos meses le han caído palos dialécticos de todos lados, y me temo que el aficionado europeo en general no ha captado la naturaleza de la polémica que se produce en EEUU, y es comprensible, no respiramos aquella atmósfera cultural.

No creo que sea culpa de los músicos que llamemos jazz a un abanico musical tan enorme, sino de nosotros, los consumidores inducidos por la política comercial de la industria y poco identificados con el orgullo de la comunidad negra, aunque no tengo claro si Nicholas Payton apunta en esa dirección, yo creo que dispara contra los blancos a los que les ha interesado vaciar de contenido a ese término, jazz, con mala intención, y a los afrodescendiente que colaboran consciente o inconscientemente en ese empeño.

Apostilla de última hora

A punto de publicar estas reflexiones de un simple aficionado europeo, hoy mismo acabo de ver en el blog del reivindicativo trompetista su respuesta a unas declaraciones de Branford Marsalis, al igual que Nicholas Payton, descendiente de otra saga ilustre de Nueva Orleans.

Decir que Payton defiende la cultura negra es quedarse corto, él denuncia que muchos hermanos negros no se han liberado aún de ese estado psicológico de sometimiento a la cultura blanca dominante, y continúa defendiendo apasionadamente el concepto de la BAM como expresión de rebeldía necesaria ante una situación impuesta por los blancos que se arrastra desde los mismos inicios de la historia del negro americano.

Está claro que la idea del jazz como metáfora de la integración de blancos y negros en la construcción de un país modélico en cuanto a sus valores de libertad, tan defendida por los Marsalis y los ideólogos que les animan, está en total oposición con la idea mucho más crítica de la BAM de Payton.

Así que seguramente a Nicholas Payton, a diferencia de Wynton Marsalis, Stanley Crouch y compañía, le importará un pito polemizar acerca de si lo de Peter Brötzman, Evan Parker, Fred Frith, Agustí Fernández, Otomo Yoshihide, etc, es jazz, seguro que él no lo discutirá –ni yo tampoco–, pero que a nadie se le ocurra decir que eso es Black American Music (BAM).

© 2012 Tocho
 

Autor: Carles "Tocho" Gardeta

Nacido en Barcelona de toda la vida, varón de 1,78 mt de altura y de complexión normal. Especialista en proyectos sin futuro y en producciones totalmente improductivas. Entre sus numerosas habilidades se cuentan las de montar en bicicleta, comer con cubiertos o hacer click con el mouse. Perdidamente enamorado de la música cultiva el vicio de escribir sobre ella, a pesar de entrar en conflicto con su admirado Frank Zappa respecto a lo que este dijo sobre lo de escribir sobre música, que es tan absurdo como bailar sobre arquitectura.

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