Artículo de • Publicado el 26/03/2010

¿Es que no debemos reírnos?

En sus orígenes el jazz era un fenómeno de naturaleza festiva, pero con el paso de los años ha ido perdiendo ese carácter popular para ser percibido como música seria. Aquí se hace un repaso a ese cambio y se propone otra actitud a algunos actuales aficionados al jazz demasiado serios.

Parejas divirtiéndose bailando lindy hop.

Parejas divirtiéndose bailando lindy hop.

Hubo un tiempo en que el jazz era una forma de entretenimiento, así sin más. Hace ya tiempo de eso, pongamos que hacia 1920, cuando el jazz podía por primera vez ser llamado jazz, cuando King Oliver  y su banda tocaban en los barcos de palas Mississippi arriba y abajo para amenizar el viaje al personal. Aquella música festiva animaba desfiles, garitos, verbenas, entierros y lo que se terciara.

Durante los años veinte y, sobre todo, treinta el jazz se convirtió en la banda sonora de EEUU; la música comercial de la época; una de las formas esenciales de diversión y ocio; la excusa que arremolinaba a su alrededor a los chavales y chavalas en un torbellino de convulsos bailes colectivos, en busca del roce corporal o, cuando menos, de una frenética catarsis social; uno de los principales signos de afirmación de la identidad cultural, que inundaba los hogares a través de los discos o la radio.

Charlie Parker y Dizzy Gillespie bromeando.

Charlie Parker y Dizzy Gillespie bromeando.

Fueran cuales fuesen las virtudes que introdujo el bebop en los años cuarenta, una de sus consecuencias fue la asunción de la música (al menos de esa música) por parte de los boppers no tanto como un divertimento sino como una forma artística, entendiendo por tal la que, entre otros atributos, debía ser tomada muy en serio.

Y mira que el bebop es divertido… porque otras formas de jazz anteriores podían ser alegres, festivas, etc, pero el bebop a menudo resulta sencillamente desternillante con sus estructuras caprichosas, sus vocales absurdos y sus humorísticos ritmos y estructuras. Pero ellos estaban comprensiblemente deseosos de alejar el fantasma del racismo que sobrevolaba al jazz desde su nacimiento: los músicos de jazz eran consentidos en el mundo del espectáculo en tanto que entretenían y divertían al público blanco, y tradicionalmente se habían visto abocados a hacer verdaderas payasadas sobre el escenario para llevarse el gato al agua.

Johnny Griffin y Dexter Gordon en un ataque de risa.

Los saxofonistas Johnny Griffin y Dexter Gordon partiéndose de risa.

No inventaron ellos esa pretensión de ser respetados como artistas: mismamente Duke Ellington se movió siempre de forma expresa en esa dirección. Pero ellos no quisieron o supieron, como Duke, “vender” su música como artística, sino que sencillamente la dejaron volar hasta sus últimas consecuencias sin tener en cuenta ese otro factor esencial del negocio musical: el público. Y encontraron tanto petróleo musical que desde entonces el jazz ha seguido hurgando en la dirección socavada por ellos, rota para siempre su conexión con el grueso de la humanidad. Algo se ha perdido, seguramente, con esa ruptura, pero válgame dios las maravillas que han surgido de ella.

Sea como sea, desde entonces el jazz ha sido mucho más consciente de su estatura artística. En EEUU esto no ha afectado tanto a su público (el jazz siempre ha estado mucho más entretejido en su cultura y se lo ha asumido de manera natural) pero en Europa el jazz y sus artífices pasaron a ser considerados arte y artistas respectivamente, y situados en el alto pedestal reservado a los mismos. La extraña consecuencia fue que conseguimos agilipollarnos como oyentes, no hasta los extremos de muchos aficionados a la música culta (otra palabreja) de tradición europea pero sí lo suficiente como para perdernos gran parte de la fiesta que el jazz ofrece…

Louis Armstrong haciendo el burro con su segunda esposa Lil Hardin.

Louis Armstrong haciendo el burro con su segunda esposa Lil Hardin.

Dizzy Gillespie con una de sus divertidas expresiones faciales mientras tocaba.

Dizzy Gillespie con una de sus divertidas expresiones faciales mientras tocaba.

Así que hoy, cuando te ves en la necesidad de confesar a un conocido que te gusta, que te enloquece el jazz, sabes que él procederá a marcarte con una equis en su casillero de “tipos raros y amuermados”. Y algunos pretendemos no ser lo uno ni lo otro, no al menos a causa del jazz. Por eso resulta doblemente gustoso poder hablarles de los numeritos chistosos que montan algunos músicos de jazz sobre el escenario: primero porque significa que hay músicos en pie de guerra contra esa concepción del jazz como algo incomprensible y plomo, apto solo para gente con ínfulas culturetas; segundo porque de paso podemos sembrar en terceros la semilla para que quienes no conocen esta música maravillosa puedan dejar de considerarnos momias embalsamadas e, incluso, tengan la tentación de acercarse a ella sin temor a transformarse en gente sesuda y falta de risa.

De todos modos siempre hubo jazzmen que pusieron por delante un sano cachondeo, incluso después de los años cuarenta: el mismo Dizzy Gillespie es un buen ejemplo, y la música de gente como Thelonious Monk o Sonny Rollins siempre estuvo llena de buen humor. Y fijaos de quiénes hablamos: Dizzy, Monk, Sonny. Pero en los últimos años se percibe en el jazz un infeccioso afán por lo irreverente, lo desenfadado, lo cachondo.

Los viejos defensores del jazz como club exclusivo, inaccesible para las masas palurdas siguen ahí, pero ha ido surgiendo un nuevo tipo de aficionados que, procedentes de diversos universos musicales, han terminado arribando al jazz y se han mostrado más que dispuestos a jugar con las convenciones y, llegado el caso, reírse de ellas.

Dos portadas de discos de MOPDTK con las portadas bien conocidas que parodian.

Dos portadas de discos de MOPDTK con las portadas bien conocidas que parodian.

Así se explican fenómenos como Mostly Other People Do The Killing (ya el nombre deja las cosas bastante claras) o Sex Mob (idem de idem): los primeros nos regalan en cada grabación un desenfadado festín histórico pasado por su particular turmix sonora, bien regado de cabo a rabo por un irreverente afán festivo; los segundos ponen sistemáticamente el buen humor como principal elemento musical, y construyen con él música jocosa y desenfadada cuajada de versiones realmente pasmosas, de Prince a Ellington, de John Barry al Macarena de Los Del Río. Se trata solo de dos ejemplos, ya veréis cómo en los próximos años surgen más músicos con tanto talento para la música como para el sano pitorreo.

Otros, en cambio, aunque hacen música en la que el humor se encuentra bastante acotado, no dudan en montar hilarantes numeritos sobre el escenario, a mayor gloria de su escaso sentido del ridículo. Es el caso, por ejemplo, del clarinetista bajo Rudi Mahal, que, en su visita a Madrid en Marzo de 2008 acompañando a Alexander Von Schlippenbach y su Monk’s Casino, resultó una presencia chocante y permanentemente risible (aunque en su caso caben dudas razonables acerca de si era un numerito o si, sencillamente, el hombre es así de gracioso de manera natural): alto y delgado, pelirrojo, desgreñado, se movía de manera rígida y espasmódica, con ese careto de viejo lord británico incapaz de pensar en otra cosa que en cazar zorros y beber whisky… un poema que contrastaba poderosamente con el impertérrito Von Schlippenbach.

El pianista italiano Stephano Bollani.

El pianista italiano Stephano Bollani.

O el del pianista Stefano Bollani, que el pasado 12 de Marzo supo servirse del sonido que producía su botella de agua mineral al ser golpeada contra el suelo para montar un divertido numerito: terminó arrodillado junto al piano, desplazado el micrófono hasta el suelo y atizando con la botella mientras ensayaba una especie de diálogo entre su piano y la tosca percusión. Hubo más: en otro momento fue el deslizarse del taburete lo que le sugirió nuevos diálogos con el piano, y vuelta a empezar (al suelo de rodillas, micrófono a ras del taburete…). Y más: en el último tema del concierto el pianista se tornó cantante, aunque su interpretación de There Will Never Be Another You fue una especie de parodia desternillante del estilo elegantorro y desfasado de los clásicos crooners, y el tema terminó con un show inenarrable durante el cual el trío imitó a cámara lenta a un trío de jazz, exagerados y teatrales sus gestos, sin llegar a pulsar las notas (el único sonido era el de las carcajadas del público, hermoso momento), y al cabo Bollani improvisó una sencilla melodía, muy lenta, que aún así era mucho más veloz que el ralentizado movimiento de los músicos…

Es frecuente que al final de los conciertos Bollani haga un bis en el que anuncia que le gustaría contentar a todos los asistentes y se ofrece a tocar lo que el público le pida, y desde la platea la gente le pide cosas, pueden ser piezas de música clásica, rock, música pop, un tango, un pasodoble, o lo que sea, y el tío se lo apunta todo en un papelito. Entonces se sienta al piano e improvisa un medley delirante en el que mete todo lo que le han pedido, en el siguiente vídeo hay un ejemplo.

No se trata de que la música tenga que ser necesariamente divertida, ni simpáticos quienes la ejecutan. No es eso. Pero a fuerza de empeñarnos en representar el papel de artistas los músicos, de inaccesibles melómanos los aficionados, hemos conseguido aislar a nuestra música, y a nosotros con ella, de una sociedad que podría en otras circunstancias disfrutar del jazz de manera quizá no masiva pero presumo que sí mucho más amplia. Aunque, ya os digo, puede que eso está cambiando de un tiempo a esta parte. No se si ese cambio atraerá por fin al jazz un mayor número de aficionados, ojalá, pero desde luego a muchos de los que gozamos con esta música nos está trayendo desde ya alegría y buenos ratos a mansalva.

Ilusiona ver y escuchar a gente con ganas de pasarlo bien, cierto que la vida es bastante puñetera pero hay que ver cómo mejora el cuadro una buena y sincera risotada.

© Ricardo Arribas, 2010

Autor: Ricardo Arribas

Nacido en 1972, 44 añazos ya, ha pasado la mayor parte de ellos disfrutando y aprendiendo con la música, si le preguntas te dirá que incluso entendiendo, a través de ella, un poquito mejor cómo funciona el mundo. El hecho de gozar con músicas no siempre mayoritarias le llevó con el tiempo a descubrir otro placer muy especial: escribir acerca de la música, tratar de transmitir y compartir con otros aficionados las sensaciones que le provoca, escuchar con oídos distintos tras haber escuchado/leído las que provoca en ellos... Y en esas anda.

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