Artículo de • Publicado el 23/08/2012

La herencia africana (3/8): culturas en colisión

Un vistazo a algunas características culturales esenciales para comprender mejor la relación entre las comunidades blancas y negras en América, y los principales aspectos de las culturas africanas que pervivieron en el Nuevo Mundo.

Trabajadores afrodescendientes en una plantación de algodón.

Trabajadores afrodescendientes en una plantación de algodón.

Como hemos visto, los esclavos llevados a América procedían de zonas del continente africano muy alejadas entre sí, de pueblos, reinos e imperios absolutamente extraños, con lenguas y rasgos culturales diferentes cuando no contrapuestos, a menudo enemistados desde siglos atrás. Ello propició que en las colonias americanas existiese una amalgama cultural extraña y compleja que dificultó enormemente el surgimiento de una conciencia común entre las víctimas del genocidio.

Pero una cosa sí unía inextricablemente a toda aquella gente: su supervivencia (o no) en condiciones física y psicológicamente inhumanas, bajo un régimen de tortura crudo, constante y vitalicio, sin posibilidad de regreso a una vida anterior que había sido literalmente aniquilada. Los secuestros en África, los horrores de la travesía atlántica, la sujeción a una organización vital paupérrima en América y la brutal explotación ¿laboral? en las plantaciones del Nuevo Mundo… todo ello nos lleva a lamentar profundamente la suerte corrida por esta gente a manos de nuestros antepasados, y a atisbar la magnitud de su desgracia: son vejaciones fácilmente comprensibles, que dibujan un panorama instantáneo de desolación y dolor. Pero los esclavos africanos en América padecieron un destino particularmente triste debido también a ciertos factores, no tan inmediatos pero igualmente comprensibles, que convirtieron su cautiverio en una experiencia especialmente dolorosa.

Grabado de una subasta de esclavos en Virginia (1861).

Grabado de una subasta de esclavos en Virginia (1861).

Para empezar los europeos no los consideraban seres humanos. Así, como suena. Sin duda la esclavitud sume a quien la padece en una situación social límite, pero la condición de esclavo no conlleva en sí la consideración de ser “no humano”… esa es una aportación original de las potencias occidentales que afectó poderosamente a las relaciones entre captores y cautivos, pues estos quedaron así reducidos al status de meras propiedades, como los carros, la ropa, los aperos de labranza o los caballos, lo que comportó un plus de ignominia difícil de soportar. Reproduzco aquí un texto, tristemente ilustrativo, escrito por Frances Anne Kemble, en que la actriz comenta sus impresiones al descubrir en un coro vocal a un negro, al parecer “su primer” negro (ver Nota 1): “(…) un individuo de piel negrísima, que (…) canta al unísono con ellos, sin la menor discrepancia, tanto en lo referente al ritmo como en lo referente a la melodía. Y, dicho sea de paso, este individuo habla, por lo que no me queda más remedio que presumir que no se trata de un simio, un orangután, un chimpancé o un gorila. (…) Nunca había visto manos tan magníficamente largas y estrechas, y pies tan largos y planos, que no pertenecieran a un ejemplar de las grandes especies de cuadrumanos”. Y, puestos a estremecerse, vale la pena fijarse en estos dos anuncios de prensa de 1853, entonces perfectamente habituales: “Veinte dólares de recompensa – Joven negra huída, de nombre Molly, 16 o 17 años de edad; marcada recientemente en el carrillo izquierdo con R, y con un trozo de oreja cortado en el mismo lado; la misma letra en la parte interior de sus dos piernas”; y “se venden dos yeguas de tiro, dos yeguas del Canadá y dos negras, madre e hija. Las yeguas, juntas o separadas; las negras, juntas o separadas”.

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Por otra parte, esa condición de seres “no humanos” atribuida a los negros operaba necesariamente más allá de la propia esclavitud: aún en el caso de alcanzar la libertad, la integración de los negros en la sociedad era prácticamente imposible pues su color de piel los delataba como seres inhumanos, y como tales eran considerados. Bien es cierto que esa supuesta inhumanidad era antes consecuencia de un interés consciente de las autoridades (hubiese sido psicológicamente más difícil asumir la brutal explotación de que los esclavos eran objeto en caso de estar estos considerados como hijos de dios…) que de la observación directa de los colonos (como hemos podido comprobar al leer el testimonio de Frances Anne Kemble, confundida ante un supuesto mono que a ella se le antojaba bastante humano). En todo caso, los captores de esclavos se entregaron con generalizada fruición a la labor de humillar, vejar y explotar a los esclavos, como hacían con otros instrumentos de producción a su disposición.

Por si fuera poco, la mera inmersión forzosa de los africanos en una cultura diametralmente opuesta a la suya había de resultar psicológicamente demoledora. Dice el escritor y activista estadounidense Amiri Baraka en su excelente ensayo Blues People: Música Negra en la América Blanca (ver Nota 2): “Los americanos importaron esclavos a sus países, y estos países no solamente eran extranjeros, desde un punto de vista físico y ambiental, para los esclavos, sino que tenían el carácter de productos de un sistema filosófico totalmente extraño”. La cultura africana, dentro de su diversidad, estaba firmemente asentada sobre la creencia en la existencia de un Destino determinado que solo los dioses, conmovidos por los actos de los hombres, podían modificar. Pues bien, un individuo criado con esa mentalidad no podía ser capaz de comprender la de sus captores, que pertenecían a una cultura humanista, cada vez más desentendida de los asuntos divinos y que rendía culto a la grandeza de los logros y posibilidades humanas; a ellos debía parecerles una sistemática e incomprensible afrenta a los dioses cada una de las actitudes y resoluciones de los occidentales. Sencillamente, eran incapaces de comprenderles.

"Castigo de un esclavo fugitivo" (grabado de Marcel Verdier, 1843).]

“Castigo de un esclavo fugitivo” (grabado de Marcel Verdier, 1843).]

Claro que la incomprensión era mutua. La diferencia era que, víctimas de su habitual arrogancia, los occidentales se limitaron a despreciar y, en la medida de lo posible, destruir, una amalgama cultural tan rica y compleja como la de los esclavos africanos simplemente por serles extraña, sin hacer el menor esfuerzo por comprenderla o, al menos, respetarla. Como dice Amiri Baraka en el ya mencionado Blues People (ver Nota 3), “una de las más perennes características del blanco occidental ha sido siempre la fanática presunción de que sus sistemas e ideas acerca del mundo son los más deseables y, lo que es más, que las gentes que no se sienten atraídas por ellos, o que, por lo menos, no los admiran, son salvajes o enemigas. La idea de que el pensamiento occidental pueda parecer exótico, si se contempla desde otro panorama, jamás ha nacido en la mente de la mayoría de los occidentales”.

Escena de trabajo en una plantación de caña de azúcar durante el s. XIX (ilustración contenida en la "Cassell’s History of the United States").

Escena de trabajo en una plantación de caña de azúcar durante el s. XIX (ilustración contenida en la “Cassell’s History of the United States”).

Los hijos de los esclavos llegados a América únicamente conocieron la tierra de sus padres como un lugar mítico e inalcanzable, a través de cuentos, relatos y canciones. Pero incluso este conocimiento se vio a menudo truncado, pues era frecuente que los niños fuesen separados de sus padres siendo muy pequeños (a veces para venderlos, pero también en ocasiones para evitar que los padres les ahorrasen el horror al que habían nacido, asesinándolos). Aún así el vector cultural africano, el nexo que unía a los negros entre sí y con su pasado en libertad, con los suyos, no desapareció por completo de los corazones de aquella gente; al contrario, en la medida en que ello fue posible. La religión, la magia y las artes no plásticas (la música y la danza de manera particular) se abrieron camino de algún modo en América, y de hecho son a día de hoy la más patente herencia del pasado africano de los negros americanos. También sobrevivieron diversos giros idiomáticos, palabras, etc, que quedaron incorporados al balbuceante inglés/español/portugués/francés de los africanos (quienes, en general, tardaron bastante en aprender sus nuevos idiomas y, cuando lo hicieron, adaptaron como pudieron la fonética de esos idiomas a sus particulares inflexiones vocales, creando una especie de lenguas corruptas a menudo ininteligibles para los blancos). En cambio todos los componentes más o menos materiales de su cultura naufragaron durante la travesía atlántica (herramientas, gran parte de los conocimientos y recursos técnicos, etc).

De todos modos es importante anotar que hubo grandes diferencias en cuanto a la pervivencia de lo africano entre los esclavos de unas regiones y otras de América. A grandes rasgos podemos decir que en los territorios que con el tiempo conformaron los EEUU la cultura africana había prácticamente desaparecido al cabo de unas pocas generaciones, mientras que en Haití, Brasil, Cuba y la Guayana sobrevivió en gran medida.

Escena de trabajo en una plantación del Sur de EEUU.

Escena de mujeres trabajando en una plantación del Sur de EEUU.

La causa fundamental fue la diferente organización colonial en unos y otros lugares. Dice Baraka (ver Nota 4) que “unicamente en Estados Unidos los esclavos eran utilizados para trabajar en pequeñas explotaciones agrícolas”. Y el antropólogo e historiador estadounidense Melville Herskovits afirma (ver Nota 5) que “la situación era muy distinta en las islas del Caribe y en Sudamérica. Allí las proporciones numéricas eran más exageradas. Las fincas en las que una sola familia poseía docenas, e incluso cientos, de esclavos eran corrientes, y el “blanco pobre” era un ser tan raro que únicamente se le mencionaba para denigrarle”. Una cita más, esta del periodista y crítico social estadounidense Frederick Olmstead (Ver Nota 6), referente a una colonia norteamericana: “El más común habitáculo de los blancos está constituido por troncos o por maderas muy precariamente unidas, y a un extremo de la casa se alza una chimenea de ladrillos. Los niños blancos y negros suelen revolcarse juntos, con gran promiscuidad, en el suelo frente a las puertas de entrada. La cohabitación y las relaciones entre blancos y negros sorprenden sin cesar. Las mujeres negras llevan en sus brazos a niños blancos; los niños negros y los niños blancos juegan juntos (pero no van juntos a la escuela)”.

Por cierto que, en su afán por impedir en lo posible el nacimiento de una conciencia de grupo entre los esclavos, y espoleados por la creencia de que los tambores eran utilizados como medio para organizar y propagar motines y revueltas, los colonos prohibieron con frecuencia, especialmente en las colonias caribeñas y norteamericanas, la danza, el uso de los tambores y, en general, cualquier tipo de práctica religiosa de origen africano o reunión festiva. El resultado previsible de esa prohibición fue la aparición de ritos y celebraciones religiosas clandestinas, como el vodun o la santería, por cierto muy marcadas por sus respectivas formas de danza y música. Los tambores, por su parte, continuaron utilizándose ampliamente, y solo en las colonias de Estados Unidos desaparecieron de las actividades públicas (si bien hay abundantes testimonios que atestiguan su uso durante esas celebraciones clandestinas a que antes aludía, y con independencia de que en New Orleáns nunca se prohibió su uso, si bien se reguló de manera que únicamente podían tocarse los domingos y durante la celebración de funerales).

cimarrón de las colonias holandesas en América (grabado coloreado de Richard Price, 1790).

Cimarrón de las colonias holandesas en América (grabado coloreado de Richard Price, 1790).

Pese a los desvelos de los colonos las revueltas y motines se dieron con frecuencia, lo que motivó la fuerte militarización de la mayoría de las colonias (el número de esclavos en ellas era a menudo 20 veces superior al de la población blanca). Especialmente en Jamaica, Santo Domingo y Brasil, partidas de esclavos huidos escaparon a las montañas y consiguieron sobrevivir allí durante décadas, convirtiéndose en verdaderas leyendas para los esclavos en las plantaciones (son los llamados maroons -cimarrones–).

De todos modos, feliz e inevitablemente, las diferentes culturas que se revolvieron en el crisol americano rápidamente empezaron a contaminarse unas de otras. Los propios colonos adoptaron gestos, palabras y formas de cultivo de sus esclavos. A principios del s XVIII este mestizaje cultural, generalizado en todos los territorios americanos, cristalizó espectacularmente en New Orleáns, que ya se había convertido en un importante puerto comercial. Las leyes de New Orleáns reconocían a los negros (gens de coloeur) un status social intermedio, que contemplaba la existencia de ciertos derechos (entre ellos, como ya hemos comentado, el de reunirse “libremente” los domingos para celebrar sus ritos y festejos, lo que dio lugar a las míticas fiestas de Congo Square). Resulta curioso, pese a la bien ganada reputación retrógrada de la Iglesia Católica, que en los asentamientos católicos estuviese permitido el matrimonio entre gente de distinto color… ese hecho resultó ser un factor determinante en el proceso de mestizaje que con el tiempo daría lugar a las magníficas creaciones de la cultura afroamericana, en contraposición con las colonias británicas del norte en que este emparejamiento no se dio (de hecho en ellas se impuso la llamada “one drop rule”, norma que establecía que todo ser humano con algún antepasado negro había de considerarse negro).

Con todo, como decía antes la mezcolanza cultural era inevitable: aún siendo unos explotadores y otros explotados, el hecho era que todos ellos eran seres desarraigados con necesidad de relacionarse con otros congéneres. Por ejemplo era habitual que los niños de colonos y esclavos jugasen juntos, y el inglés de los colonos se fue adaptando a las necesidades propias del Nuevo Mundo y adoptando a menudo palabras, expresiones y sonidos provenientes de los esclavos africanos (parece ser que la expresión O.K., mismamente, tiene origen africano).

© 2012 Ricardo Arribas

 
Índice de notas
Nota 1: Diario de una Estancia en una Plantación en Georgia (Frances Anne Kemble (1838-1839)
Nota 2: Blues People: Música Negra en la América Blanca (Amiri Baraka, 1963).
Nota 3: Blues People: Música Negra en la América Blanca (Amiri Baraka, 1963).
Nota 4: Blues People: Música Negra en la América Blanca (Amiri Baraka, 1963).
Nota 5: The Myth of the Negro Past (Melville Herskovits, 1941).
Nota 6: Journey in the Seaboat Slave States (Frederick Olmstead, 1863).

 
Enlace al resto de capítulos publicados de “La herencia africana”

Capítulo 1: De África a América
Capítulo 2: Un comercio indigno
Capítulo 3: Culturas en colisión (Es donde estás en este momento)
Capítulo 4: La música cruza el Atlántico
Capítulo 5: La religión de los negros en América
Capítulo 6: La música de los esclavos
Capítulo 7: La música negra en un mundo de blancos

Autor: Ricardo Arribas

Nacido en 1972, 44 añazos ya, ha pasado la mayor parte de ellos disfrutando y aprendiendo con la música, si le preguntas te dirá que incluso entendiendo, a través de ella, un poquito mejor cómo funciona el mundo. El hecho de gozar con músicas no siempre mayoritarias le llevó con el tiempo a descubrir otro placer muy especial: escribir acerca de la música, tratar de transmitir y compartir con otros aficionados las sensaciones que le provoca, escuchar con oídos distintos tras haber escuchado/leído las que provoca en ellos... Y en esas anda.

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