Artículo de • Publicado el 27/03/2010

Minton’s de Buenos Aires. Comprando música a la antigua. (1/3)

Minton's es una tienda de discos en Buenos Aires en la que pueden ocurrir cosas como las que aquí se explican. La experiencia hace pensar cómo han cambiado las cosas en esta era de compra impersonal por internet.

Gabriel , el propietario, a la puerta de la disquería Minton's.

Guillermo Hernández, el propietario, a la puerta de la disquería Minton’s de Buenos Aires.

La compra de música por internet se está incorporando cada vez más en los hábitos del consumidor. La costumbre de ir a comprar discos a la tienda está siendo sustituida por el aséptico pedido en internet, donde encuentras una cantidad de títulos inimaginable para cualquier tienda de las de siempre, entre otras varias ventajas. No sé porqué pero percibo cierta cualidad de héroes urbanos en los propietarios independientes de tiendas de discos.

En Buenos Aires hay un buen ejemplo de ese tipo de tienda en peligro de extinción, con propietario incluido. Se trata de la tiendecita de discos, disquería se dice allá, Minton’s. El muy recomendable CD Las tardecitas de Minton’s, lo dedicó Iaies al recuerdo de las conversaciones que se formaban en la trastienda del local, con el dueño y los amigos que se añadían espontáneamente a la tertulia.

En tiempos de Adrián Iaies, hace más de diez años, la tienda estaba en Belgrano, actualmente está en el puro centro, en Corrientes, que es una avenida llena de librerías, cines y teatros. Sus aceras, suelen estar a tope de gente que sortean a paso rápido las múltiples manifestaciones de economía sumergida que allí se instalan. Por la ancha avenida de seis carriles transitan un montón de taxis indisciplinados, colectivos que bajan locos, autos con conductores adictos al cambio continuo de carril, ciclistas que desprecian olímpicamente sus vidas…  En alguna de las calles que desembocan a la animada avenida se ubican unas cuantas tiendas de discos de segunda mano que están fuera del tiempo, son un universo paralelo muy excitante para los coleccionistas de vinilos.

Visión nocturna de la Avenida Corrientes en las inmediaciones de Minton's

Visión nocturna de la Avenida Corrientes en las inmediaciones de Minton’s

Minton’s está en el interior de una de las varias galerías comerciales a las que se acceden por Corrientes, y que son un submundo. Se trata de entrar en la oscura galería comercial del número 1382, queda al otro lado de la calle delante de la pizzeria Los Inmortales. Después de bajar unas amplias escaleras, al fondo de la galería mal iluminada, a la derecha, en el local 26, está la tiendecita. El ruidoso jaleo de la calle quedó atrás. El lugar queda realmente escondido.

Me costó decidirme a entrar, me iba a sentir un intruso. Desde el exterior, a través de los cristales, se veía charlotear en aquel ambiente tan familiar y diminuto, no más de 3×4 metros, a dos clientes con Guillermo, el dueño, los tres de pie y con una copita de vino en la mano. Entré y me puse a mirar los cajones de cds en silencio, mientras escuchaba su excitada conversación acerca de la música de Miles Davis, con la pegajosa sensación de que estaba molestando.

No hay gran cosa, la verdad, pero el pequeño local parece abarrotado. Cajas de Mosaic por el suelo, portadas de vinilo enganchadas en la pared, un pequeño (todo es pequeño) mostrador repleto de cajas de cds desordenados que apenas dejan espacio para la calculadora a pilas con la que se ayuda para calcular el monto de la venta. En realidad no sé porque la usa, porque aplica unos descuentos, y hace unos redondeos sobre la marcha, que todo resulta aproximado. Siempre inferior al precio que marcan las etiquetas, eso sí.

En la calle hace un calor de cojones, dentro también. Los dos amigos, o clientes no se sabe bien, finalmente se despiden una vez han acabado el último suspiro de sus copas, mientras uno de ellos le recuerda a Guillermo que le guarde la caja de Miles Davis de la que han hablado si finalmente la recibe, y él le asegura que así lo hará. No veo yo ningún convencimiento en el compromiso por ninguna de las partes…

En cuanto nos quedamos solos me dirijo a él con unos cuantos discos elegidos sin demasiado criterio, no hay demasiado en donde escoger. Le digo que su tiendecita es conocida en Barcelona. No estoy muy seguro de que eso sea cierto, pero algo hay que decir. Y empieza la charla.

Conoce Barcelona, tiene buenos amigos allá. Me habla de Carlos Sampayo, del que me dice es gran amigo, me explica que Carlos ha perdido a su mujer y que en un par de años volverá a vivir en Buenos Aires. Hablamos del vicio de la compra compulsiva de música que padecemos algunos. Me dice que entre sus amigos españoles estaba el prestigiado crítico de El País, Federico González, que murió hace pocos años, y me comenta qué aún sabiendo que le quedaban  pocos días para poder disfrutar del jazz y de cualquier otra cosa, continuaba comprando discos y más discos que se amontonaban en casa, sabiendo perfectamente que no iba a poderlos escuchar.

Confiesa su preferencia por el jazz de los setenta. Cuando sale a la conversación Zorn me recomienda que recurra a él cuando haya agotado la discografía de Ornette Coleman, Don Cherry, Coltrane, etc… Le admite el gran mérito de haber alcanzado tan alto grado de popularidad, con una óptima traducción en términos crematísticos no lograda antes por músicos que han estado haciendo esta música desde hace años. Ninguno de los otros músicos ha tenido esta habilidad de naturaleza pragmáticamente mercantil. Y añade lapidariamente que cómo me ve ya mayor, me conviene hacer cuentas, y que he de empezar a mirar de ser exigente, puesto que ya no me quedan tantas horas para disfrutar música cómo me quedaban hace 25 años. Zorn no está entre sus preferidos, ha ido rápido en aclarármelo.

Después sale a la conversación, inevitablemente, el próximo disco triple de Adrián Iaies (Nota: ya publicado con el nombre «Uno Dos Tres – Solo Y Bien Acompañado»). Ha estado en alguna sesión de grabación, según me cuenta, y añade que en éste disco Iaies se desmarca con inteligencia del cliché tanguero y hace jazz, decisión que le llena de contento porque cree, como este humilde aficionado, que Iaies ya le había sacado suficiente rendimiento al tango.

Total, que después de media hora de estar hablando de jazz, le enseño los discos que he escogido, él hace cara de circunstancias, suma en su calculadora, le paso la VISA y va y me dice que no trabaja con VISA. Yo llevo pocos pesos encima y sólo me puedo quedar con tres cds de los siete que había escogido. Entonces le pido ayuda para hacer la selección, y empieza: este no te lo quedes, este tampoco, es una mierda, y este, y este… total que salgo de la tiendecita con tres discos que ha elegido él y que tengo ganas de escuchar, en vez de los siete que había elegido yo, y que la verdad, ni fu ni fa.

Salgo contento del rato pasado en con Guillermo, y después de trapiñarme una pizza de queso y berenjenas estelar en Los Inmortales, en el momento del pago caigo en que me he dejado la VISA en el Minton’s. Subidón de adrenalina.

Cómo esto ya se ha hecho demasiado largo, corto aquí y dejo para una segunda parte los curiosos hecho que se sucedieron en esa tiendecita de discos de jazz en Buenos Aires, relacionados con la recuperación de la tarjeta VISA, continuando con el relato de una segunda visita al mismo cojonudo lugar, en la que también participa Franz, un fantástico teutón experto en el conocimiento sobre la cerveza y extremadamente crítico con los baterías de jazz argentinos.

© Tocho, 2010

 
(Continúa en la segunda parte de Minton’s de Buenos Aires)

Artistas:

Autor: Carles "Tocho" Gardeta

Nacido en Barcelona de toda la vida, varón de 1,78 mt de altura y de complexión normal. Especialista en proyectos sin futuro y en producciones totalmente improductivas. Entre sus numerosas habilidades se cuentan las de montar en bicicleta, comer con cubiertos o hacer click con el mouse. Perdidamente enamorado de la música cultiva el vicio de escribir sobre ella, a pesar de entrar en conflicto con su admirado Frank Zappa respecto a lo que este dijo sobre lo de escribir sobre música, que es tan absurdo como bailar sobre arquitectura.

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