Artículo de • Publicado el 29/04/2010

Minton’s de Buenos Aires. Comprando música a la antigua. (y 3/3)

Tercera visita a Minton's, en la que tengo ocasión de conocer a Papa Noël de vacaciones, aprender cómo se pronuncia el nombre de Manfred Eicher, ampliar mi pobre cultura de la cerveza, y despedirme de Buenos Aires.

(viene de Minton’s de Buenos Aires. Comprando música a la antígua. 2/3)

Entro en la oscura galería comercial y descubro alarmado que la tienda está cerrada. Me acerco al cristal de entrada y leo los cartelitos allí enganchados, a ver si hay alguna pista. Nada. Es jueves, son pasadas las 12 del mediodia, la tiendecita es Minton’s… todo correcto… pero… ¡cerrada! Tremendamente frustrado me giro para volver al ruido del exterior y me doy de morros con Guillermo, que llevaba unos vinilos en una mano y unas llaves en la otra. El calor nos afecta a ambos, los sobaquillos de nuestras camisas lucen igual. Sonríe, y ahora ya estoy seguro: es un ángel, con la conocida habilidad que los delata de aparecer en el momento más oportuno. Un ángel, gamberro, pero ángel. En el entorno del jazz he descubierto a algún otro, y también algún demonio, pero ni más ni menos que en la vida real.

Escaparate y puerta de entrada a Minton's

Escaparate y puerta de entrada a Minton’s

Le digo que vive muy bien y me corrige diciendo que lleva levantado desde la 6 de la mañana, pero que la tienda la abre más o menos a las 12. Antes no hay ningún loco capaz de comprar jazz. Tiene el dvd de Tango Reflections apartado y es lo primero que me enseña. Pone a Coleman Hawkins mientras murmura bajito “¡Eso es un saxo! Pedile a esos jovencitos una balada”. Cómo lo dice para si mismo no me veo invitado a decir nada, pero pienso que se está refiriendo a John Zorn y familia y le pregunto si se está refiriendo a Zorn, él me mira, arruga la nariz y continúa ordenando el local. Le recuerdo que hubo un momento en que los Ellingtonianos arrugaron la nariz con los bopers, y estos con Miles y sus guitarras eléctricas, Miles arrugaba la nariz con Ornette Coleman… ¿y a nosotros a quién nos toca arrugar la nariz? ¿a Tzadik? ¿a Hatology? Me hubiera gustado que dijera “Coño con el gallego…”, pero no dijo nada, sólo cuando acaba de poner en orden las cosas me dice lacónicamente “pienso que el futuro está en el jazz de cámara”, dando por acabado el tema.

Me intereso por la caja de Mosaic de Oliver Nelson que el otro día me dijo que quizás recibiera. Me dice que eso no lo ha recibido aún, pero que tiene unas cajas de Miles Davis que me conviene comprar. Me lo creo. Ya me perecía a mí que el trato con uno de los clientes del otro día no era demasiado comprometido, las acaba de recibir y no tiene más, o sea que su otro cliente se va a tener que volver a esperar, podrá disfrutar de unas cuantas copas de vino más. A menos que fuera un chanta y que tampoco se tomara en serio el compromiso de compra. Un porteño de verdad puede vivir con toda naturalidad con ese original código de conducta.

Las cajas de Miles Davis son la del “Cellar Door Sessions 1970”, y la del “In person at The Blackhawk, Complete”, del 61. Me explica algo que no entiendo muy bien, y es qué en esta edición completa se puede disfrutar de los solos de Hank Mobley, porque en la edición original estaban cruelmente amputados por la intervención directa de las tijeras de Tony Williams en la producción, al que no le gustaba ni un pelo cómo tocaba Mobley. Del otro, del “Cellar Door…”, me dice que esas sesiones geniales fueron el patrón que Miles repitió sin parar en los siguientes años, hasta que reventó en el 76, necesitando 4 años de tinieblas para sentir, de nuevo, la necesidad de tocar. Las grabaciones de los directos de esa época, la rockera dice, demuestran que tocaba mecánicamente, lo mismo cada día, los mismos solos, con exactamente el mismo minutaje. Me deja con la duda.

Usa su calculadora, salgo para el cajero, saco pasta, vuelvo y ahí está Franz, con sus kilos de humanidad, concentrados sobre todo en su barriga, charlando con Guillermo. Primera impresión: Papa Noel, pero de vacaciones, sin gorro, con tejanos y camiseta negra de manga corta. Primero creo que es un motorista de Los Ángeles, luego veo que es un ex hippie, que a los 60 ha optado por la variante bon vivant, para entendernos. Vive a medias entre el mediterráneo y Buenos Aires, según el clima. Habla un argentino macarrónico muy divertido, y va fluido, no se traba. Conoce Barcelona y muestra su indignación cuando recuerda la rotulación urbana y ¡suburbana!, en catalán. Gesticula y abre desmesuradamente esos ojitos de chancho, entonces se ve que son azules.

A mi pregunta responde que él es de Baviera, donde hay más de 250 fabricantes de cerveza. Dice que en Alemania hay diferentes tipos, la Pilsener, la Weizenbier que tiene una variedad que tiene hasta un 6% de alcohol, la Altbier que es muy amarga y muy popular en Düsseldorf, la Kolsh de Colonia, la Helles que es muy clara, la Schwarzbier negra de consumo mayoritario en el Este alemán, y las Bockbier, con variedades de distinto color y que las hay hasta de 6,25% grados. En Baviera dice que hay más de 250 fábricas de cerveza. Guillermo empieza a hablar de los lugares en BsAs para beber buena cerveza. Papa Noël ya se las conoce todas.

Guillermo se queja del maltrato que sufre por parte de las distribuidoras europeas de discos, me dice que no le envían novedades, sólo material antiguo, y que hay algún distribuidor mayorista que copia el pedido que le hace él para abastecer su stock, pero que no recibe ni uno de esos discos. Habla del valor que tiene Minton’s a partir de sus existencias basadas en un buen criterio, “Y yo lo tengo”, dice. “Qué porteño eres”, pienso, pero no lo digo.

Le dice a Franz que el diario Página 12 ha sacado “Las Tardecitas del Minton’s” de Adrián Iaies, con el ejemplar de hoy, por 8 pesos (unos 2 €). El alemán le pregunta si es un trío con batería, Guillermo le dice que no, y Papa Noel, con ojillos pícaros, le aclara que a los bateristas argentinos les sobra preparación física, y añade que obligaría a todos a tocar una temporadita con aquel plumero para sacar el polvo que está ahí, en el rincón de la tienda. Sospecha que la formación de todos los bateristas argentinos ha sido dándole al tambor en las manifestaciones callejeras. Guillermo confirma esta tesis entre carcajadas, mientras asegura que un solo de batería de menos de 18 minutos es una mariconada, igual que la lectura de un poema de menos de dos días y medio… un argentino necesita tiempo para explicar lo que sabe hacer. No paramos de reír, nos lo estamos pasando bomba.

Franz me enseña a pronunciar correctamente Manfred Eicher: Manfred, hasta aquí vamos bien…, Aijer, pues vale, Manfred Aijer a partir de ahora. Me siento la mar de a gusto en esta reunión con Papá Noël de incógnito y un ángel porteño sin afeitar. Pero antes de que se empiecen a preocupar por mí en el trabajo, les dejo con su charla, y sin ningunas ganas vuelvo a la realidad.

Dos días más tarde, ya de noche, mientras el comandante del avión levantaba aquella mole rumbo a casa, me despedía de la ciudad con un “hasta pronto”, esta vez pensando en el loco de Guillermo y en ese lugar que mantiene vivo. Esperaba con impaciencia que acabaran las maniobras de despegue para enchufarme al iPod y escuchar “Las tardecitas de Minton’s”, y dormir soñando con música, con ángeles, con Papa Noël… y con Buenos Aires.

© Tocho, 2010

Autor: Carles "Tocho" Gardeta

Nacido en Barcelona de toda la vida, varón de 1,78 mt de altura y de complexión normal. Especialista en proyectos sin futuro y en producciones totalmente improductivas. Entre sus numerosas habilidades se cuentan las de montar en bicicleta, comer con cubiertos o hacer click con el mouse. Perdidamente enamorado de la música cultiva el vicio de escribir sobre ella, a pesar de entrar en conflicto con su admirado Frank Zappa respecto a lo que este dijo sobre lo de escribir sobre música, que es tan absurdo como bailar sobre arquitectura.

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