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Bill Dixon: hurgando en el sonido (3/3)
[Paréntesis: Bill Dixon habla de la música comercial]
“Cuando me introduje en la música músicos serios, haciendo música seria, conocían la diferencia entre ser un artista y ser un “entertainer”, y sus audiencias también la conocían. E, independientemente de que determinados músicos quieran admitirlo o no, hay una considerable diferencia entre la música comercial, que está deliberadamente construida para agradar y satisfacer los deseos de la audiencia, y la música creativa, que se concentra en revelar al oyente las preocupaciones de los músicos que la crean en relación con las historias que desean narrar.”
“Creo firmemente que si quieres que algo sea llevado a cabo de un modo concreto has de llevarlo a cabo de ese modo, con la esperanza de que alguien sensible se interese por ello, le preste atención y lo aprecie.”
“Hemos de contar con la hostilidad del público; un público despreocupado que vuelve su mirada ciegamente hacia los así llamados garantes de la estética y el buen gusto, que conceden carta blanca a lo que les colocan delante sin el menor asomo de interiorización y cuestionamiento.”
“Tanto tiempo y espacio se han empleado en deificar a músicos que, por los motivos que sea, a la gente parecen gustarle, que otras a menudo más importantes áreas y desarrollos musicales han sido, desafortunadamente (desafortunadamente porque parece ser algo conscientemente diseñado de este modo), completamente abandonadas fuera del cuadro.”
“Mi carrera ha sido diferente de la de casi todo el mundo, pero yo tenía claro lo que no iba a hacer. Sabía que yo no sería jamás controlado. Sabía también que esto iba a tener un precio, aunque no sospechaba que ese precio resultaría tan elevado.”
Los años ochenta
En los años ochenta Dixon inició su relación con el sello Soul Note, que no se tradujo en un ritmo discográfico mucho más consistente pero, al menos, propició de vez en cuando la edición de alguna sesión del trompetista. De 1980 data In Italy (Soul Note), de 1981 el álbum titulado November 1981 (Soul Note). Se trata de grabaciones curiosamente broncas, ariscas, no furiosas como las de otros compañeros de generación pero algo chocantes en un músico que habitualmente ha potenciado el orden sobre la inmediatez: estos discos parecen volver la mirada al free de finales de los sesenta, con esa atmósfera vaída, esos ritmos nerviosos y ese ambiente casual, como de jam improvisada.




No he tenido ocasión de escuchar Thoughts (grabado también para Soul Note en 1985), pero a juzgar por la orquestación (trompeta, saxo alto, tuba, batería y tres contrabajos) puede tratarse de música en la misma onda que Son Of Sisyphus (Soul Note, 1988). En este disco nos reencontramos con el Bill Dixon sobrio y afilado que conocíamos. Se trata de una curiosa y atractiva formación (trompeta, tuba, contrabajo y batería) que vuelve a incidir en el espectro sonoro más querido por el trompetista: los registros graves. La música es extraña, libre, enigmática… pero en seguida excita nuestra curiosidad, y la colma con esa densidad leve, esos juegos sonoros tan atretivos, la poesía libertaria de Dixon y una considerable capacidad de fabulación y manejo del misterio.
Los años noventa y el siglo XXI
Vademecum (grabado en agosto de 1993 y editado por Soul Note en dos volúmenes independientes en 1994 y 1996) significó un nuevo giro de tuerca del trompetista hacia una más profunda estilización musical: dos contrabajos (Barry Guy y William Parker), un batería (Tony Oxley) y su trompeta le bastaron para levantar una grabación de reposado discurrir e intrigante discurso sonoro: las habituales líneas de Dixon, cargadas de opaco misterio, son extraña pero eficazmente vestidos por la colaboración del resto del cuarteto. En 2000 se editó Berlin Abozzi (FMP), una grabación en vivo donde, con idéntica instrumentación (Oxlery repitió a los tambores, los contrabajistas fueron Matthias Bauer' y Klaus Koch), Dixon grabó tres largas suites llenas de densa y esquiva emoción.


La estilización ensayada en los dos volúmenes de Vademecum llegó un poco más allá con la edición de otros dos volúmenes para Soul Note (Papyrus, 2000) grabados a dúo con Tony Oxley: los juegos percusivos del batería, extraños y originales, indagando siempre nuevas posibilidades expresivas del instrumento, dan un lustre expresivo asombroso a las poéticas meditaciones de Dixon. Vademécum y Papyrus son dos depuradas, certeras y, la verdad, algo arduas aproximaciones al Bill Dixon más focalizado y capaz.


Con la edición del ya comentado Odisey en 2001 y un directo junto a Cecil Taylor y Tony Oxley, titulado sencillamente Cecil Yaylor/Bill Dixon/Tony Oxley y editado en 2002 para el sello Victo (y que no he tenido ocasión de escuchar, pero vaya si me apetece hacerlo), Dixon desapareció por varios años del cajón de novedades de las tiendas de discos. Cuando regresó a ellos en 2008 lo hizo con ímpetu desconocido e insospechado en un señor de ya 83 añazos... de pronto nuestro hombre estaba (discográficamente hablando) más activo que nunca.
Pero, mucho más que el número de discos de Dixon editados en estos años finales, sorprende su contenido: en ellos el trompetista consiguió contagiar a agrupaciones numerosas su intransferible personalidad, resultando de ello tres obras plenamente dixonianas pero particularmente singulares dentro de su legado musical.

Bill Dixon With Exploding Star Orchestra (Thrill Jockey, 2008) nació como consecuencia del encuentro de Dixon con el trompetista Rob Mazurek en el Guelph International Jazz Festival de Ontario (Canadá) en 2006: allí los dos músicos decidieron colaborar en un proyecto que sería posteriormente plasmado por la orquesta de Mazurek. La grabación consta de tres cortes, dos de Dixon que la abren y la cierran y otro de Mazurek emparedado entre ambos. Los de Dixon son típicamente austeros, con la orquesta creando pasajes de misterioso colorido que se desarrollan con majestuoso aplomo sin llegar a levantar apenas la voz; el de Mazurek es una especie de suite compuesta por varios temas excelentemente engarzados unos con otros, y nos permite disfrutar de Dixon en un contexto sonoro rítmicamente mucho más nítido de lo habitual en él.


17 Musicians In Search Of A Sound: Darfur (AUM Fidelity, 2008) contiene la primera representación en directo de un trabajo encargado a Dixon por Arts For Arts, grabada en el 2007 Vision Festival de New York. Se trata de una obra que nos alerta del horrible y curiosamente silenciado genocidio padecido por el pueblo de Darfur (Sudán) desde 2003, que se ha saldado hasta el momento con 400.000 fallecidos y 2.000.000 de desplazados (según las cifras que maneja la ONU, que no es descabellado suponer conservadoras). En esta grabación, plasmada por una nutrida orquesta de, claro, 17 miembros, la música de Dixon resulta a ratos asombrosamente monolítica, aunque también hay amplio espacio para la habitual introspección sonora del trompetista: la masa orquestal se desplaza incansable, si bien con monumental parsimonia, a través de un ondulante movimiento repleto, claro, de sentido dolor, pero también de un cálido colorido... y es que, si siempre ha sido una preocupación esencial de Dixon el color orquestal, en esta ocasión ese color pasa al primer plano en una grabación que, con todo, podemos imaginar en todo momento interpretada en solitario por el trompetista. In Search Of A Sound: Darfur es un regalo fulgurante para cualquer admirador de Bill Dixon.

Finalmente, en 2009 se editaron dos trabajos en los que participó Bill Dixon. Uno de ellos es una grabación en trío junto a los percusionistas Aaron Siegel y Ben may, que no he tenido ocasión de escuchar ( Weight/Counterweight -Brokenresearch, 2009-). El otro es el doble cd+dvd Tapestries For Small Orchestra (Firehouse 12 Records, 2009), grabado por una orquesta formada por cinco trompetas, clarinete, violonchelo, bajo y vibráfono/percusión. En él Dixon nos enfrenta de nuevo a una interpretación de su música en la que percibimos, por un lado, la claridad y profundidad de su estilo compositivo e instrumental plasmados por una agrupación maravillosamente engarzada con ellos, y por otro un espléndido enriquecimiento del color musical de sus creaciones en la interpretación orquestal. Si bien la escucha completa de Tapestries puede resultar algo monótona, tomada en dosis al gusto de cada oyente se revela una experiencia enormemente satisfactoria... se trata de un excelente remate para una carrera musical fascinante.
Epílogo
Taylor Ho Bynum: “¿Qué otro trompetista podría sacudir el silencio con semejante autoridad?”
Bill Dixon: “Repasando mi trabajo para organizarlo y catalogarlo descubrí que resulta tremendamente basto. Y, teniendo en cuenta su amplitud y ambición desde cualquier punto de vista, se que algo de todo ello ha de ser bueno.”
Puedes jurarlo, Bill Dixon. Descansa en paz.
Ricardo Arribas
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