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La herencia africana (1/8): de África a América

Todos sabemos que el jazz es producto de un complejo proceso de mestizaje, sincretismo o bastardización musicales (y culturales) en el que participan elementos africanos, americanos y europeos, que se produjo a lo largo de varios siglos y que cristalizó en torno a New Orleans a principios del siglo XX. Esta afirmación es, obviamente, una cruda simplificación. No obstante sirve para aproximarnos a un aspecto esencial de la cultura negra americana en general y del jazz (que no es sino un pedazo de ese rico sustrato cultural) en particular: la nítida componente africana que los conforman.

Resulta evidente la existencia de una íntima conexión interna entre el jazz y el continente africano; curiosamente el largo, lento y difícil proceso de integración de los negros en la sociedad blanca tuvo, como consecuencia, el paulatino abandono de muchos de los elementos culturales africanos que habían sobrevivido a la debacle de la esclavitud, y luego, incluso, su negación y rechazo. No fue hasta los años cincuenta del siglo XX (aunque hubo precedentes, como el del jamaicano Marcus Garvey, que ya en los años veinte preconizaba la fundación de un país que reuniese a toda la gente descendiente de africanos) que muchos intelectuales (y jazzmen como Charles Mingus, Max Roach, Sonny Rollins, Abbey Lincoln, John Coltrane o Randy Weston) miraron al hogar de sus antepasados y se vieron allí reflejados, y empezaron a reivindicar activamente su pertenencia espiritual al Continente Negro, que a través de su testimonio nos llega  como un lugar casi mítico, catalizador de todas las particularidades genéticas (artísticas, filosóficas, intelectuales) propias de los negros, con un glorioso pasado repleto de admirables civilizaciones milenarias... un lugar que había sido brutalmente expoliado por los blancos y del que habían sido arrancados sus antepasados, un lugar cuya grandeza había sido primero destruida y después silenciada por esos mismos blancos. Es decir, que todos estos músicos (y, en general, artistas y pensadores de todo tipo) volvieron su mirada hacia África en busca de sus raíces más profundas...y, de paso, en busca de la grandeza de que su historia reciente parecía haber sido desposeída por haberse escrito durante su largo y doloroso cautiverio. De alguna manera, los negros estadounidenses encontraron su orgullo racial en aquel continente casi legendario.

Pero ¿hasta qué punto es real esa conexión espiritual entre los músicos negros del siglo XX y el continente del que habían sido raptados sus antepasados trescientos años atrás? ¿No será, en parte al menos, un mero mecanismo psicológico, no necesariamente apoyado en la realidad?

Sin duda esa conexión es muy real y palpable, y es posible rastrearla a lo largo de centurias de aplastamiento físico y psíquico: su esencia sobrevivió gracias a una tenaz, feroz resistencia y a su fascinante capacidad de adaptación a un medio vital insoportablemente inhóspito. Pero entonces el jazz, el blues, el soul, el rhythm&blues, el rock... toda esa música que dominó siempre, abrumadoramente, el mercado discográfico, que encandiló sin remedio a millones de personas de todo el mundo, y que hunde sus raíces en las tradiciones musicales afroamericanas es consecuencia indirecta de (entre otros muchos factores, claro) trescientos años de sometimiento a la esclavitud de los negros en América, de la expoliación inmisericorde de un continente, de la destrucción de sus recursos vitales y humanos, de su condena a una miseria que aún hoy lo mantiene en el vagón de cola del planeta...

Se trata de un pensamiento inquietante, sin duda. No es cuestión de echarse en la espalda la responsabilidad de las tropelías cometidas por nuestros desalmados antepasados, ni de sentirse incómodo por el hecho de que la música que amamos provenga de una ignominia tan inasumible como la cometida hacia los africanos; pero tampoco resulta tranquilizador pensar que, de no haber saqueado los blancos occidentales África de manera tan sistemática, sin duda el jazz, el blues y, en fin, el mundo tal y como lo conocemos, no existirían. Parece, por ello, un acto de justicia inútil pero necesario que conozcamos, al menos superficialmente, la existencia de ese saqueo, y que sepamos rendir tributo al oprobio con que nuestros antepasados trataron a África (similar a aquel otro con que la tratan hoy los descendientes de nuestros antepasados... pero esa es otra historia).

En parte por todo ello, pero fundamentalmente por pura curiosidad, me he propuesto trazar a lo largo de una serie de recortes unas líneas generales que nos permitan comprender mínimamente los mecanismos que culminaron con el trasplante de buen número de elementos y caracteres africanos a la cultura más rabiosamente americana, y cómo esos elementos sobrevivieron hasta el surgimiento del jazz en los primeros años del siglo XX. Se trata de un viaje de descubrimiento (o, al menos, de búsqueda) de las raíces africanas en el jazz y, más en general, en la música surgida en América durante el siglo XX; durante el mismo hurgaremos en pedazos de la historia a menudo dolorosos pero siempre fascinantes, y seguramente llegaremos a entender el por qué del vigor y vigencia, hoy más que nunca, de la herencia africana en la cultura occidental actual.

Dada la amplitud y variedad del tema he preferido dividir el texto en ocho recortes que más o menos autónomos, que serán publicados sucesivamente y que a continuación enumero:

1 De África a América. Se trata de la introducción al texto en sí, en que se trata de intrigar al lector y animarle a cotillear en el resto de entregas de la serie.

 

 

 

2 Un comercio indigno analiza someramente las condiciones que propiciaron, y en que se desarrolló, el comercio con esclavos entre África y América.

 

 

 

3 En Culturas en colisión echaremos un vistazo a algunas características culturales esenciales para comprender la relación entre blancos y negros en América, y buscaremos los principales aspectos de las culturas africanas que pervivieron en el Nuevo Mundo.

 

 

4 La música cruza el Atlántico repasa las características generales de la música que los esclavos llevaron a América, las claves africanas de esa música y cómo esas claves se adaptaron a su nuevo medio geográfico y cultural.

 

 

5 La religión de los negros en América indaga en el paulatino (y particular) proceso de cristianización de los esclavos, y en la importante presencia de la música en su expresión religiosa. En este recorte, y en los tres últimos, nos centraremos fundamentalmente en las andanzas de los esclavos norteamericanos, que terminarían participando de manera esencial en el surgimiento del jazz, y dejaremos ya de lado a los que habitaban Sudamérica y las costas caribeñas.

 

6 En La música de los esclavos repasaremos las diferentes formas musicales creadas o adaptadas por los negros durante los siglos de esclavitud, ampliando las pistas ya enunciadas en La música cruza el Atlántico y La religión de los negros en América.

 

7 La música negra tras la Emancipación expone los primeros pasos musicales que dieron los negros en América como hombres libres, si bien aplastados bajo el yugo del racismo y la segregación raciales.

 

 

8 Finalmente, en el recorte El blues, el jazz enlazamos todo el sustrato musical anteriormente descrito con estos dos pilares básicos de la música negra en Estados Unidos, chapoteando brevemente en la orilla de su surgimiento y características generales.

 

 

 

Ricardo Arribas

 

Índice de documentos gráficos:

Imagen 1: El Art Ensemble of Chicago siempre buscó las conexiones musicales existentes entre el jazz y la herencia musical africana de los negros americanos.

Imagen 2: Ilustración que muestra el marcado de una mujer esclava a su llegada a Norteamérica, mediante hierro al rojo vivo.

Imagen 3: Familia de negros en el sur de Estados Unidos,frente a su cabaña, durante los años inmediatamente posteriores a la Emancipación.

 

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